Capítulo UnoDejad que me presente.
Mi nombre es Tarquin Blackwood, nací en 1779 en París, ciudad de vampiros. Fui convertido en buscador de sangre hace casi tres siglos. Tras varias décadas de deambular por el mundo, he decidido, por fin, asentarme en un lugar, al que puedo llamar hogar. Esta ciudad es Jerarkes. La ciudad, pequeña, de ciudadanos amables y confiados, se encuentra próxima al castillo de Renk, desde el que se domina la vista del valle de Vaal. Las montañas cubiertas de nieve perpetua, los lagos que circundan el terreno y la luna, que resplandece e ilumina mi casa, me recuerdan vagamente a mi hogar, un hogar que abandoné, ahora ya hace mucho, mucho tiempo...
Ahora, en este nuevo mundo en el que me encuentro, 2007, mi vida ha cambiado. Ya no “vivo” solo, y los pocos vampiros que quedamos nos hemos unido en una nueva Asamblea.
Soy lo que podríais llamar un millonario excéntrico. También soy autor de una autobiografía que se publicó la semana pasada.
Si queréis saber más, por favor, seguid leyendo.
Capítulo Dos1802, Nueva Orleáns. Marius, mi creador, me había conducido a la ciudad criolla para terminar mi adiestramiento. No dejaba de pensar en que pronto me dejaría (tan sólo me tomó como heredero) pero a pesar de todo Nueva Orleáns me seducía en su belleza cálida y oscura.
Pasamos dos noches alojados en la lujosa Dumonte Manoir, que después compraría y convertiría en Blackwood Manor. Os lo aseguro, esa mansión tiene algo que me llama y hace que sea imposible de olvidar. Cada una de sus habitaciones parece haber sido hecha para rememorar.
Recuerdo con claridad aquella noche. La luna apenas brillaba, como si quisiese advertirnos de lo que en pocas horas tendría lugar bajo el encapotado cielo.
Marius me miró, como pidiéndome perdón, y me dijo:
-“Ha llegado la hora, Tarquin. Te he enseñado todo lo que sé, y estoy listo para marchar. Los vampiros vivimos mucho…y yo ya soy demasiado mayor como para seguir.”
Le ayudé a preparar una enorme hoguera. No sé si lo sabéis, pero el sol y el fuego son lo único que puede matar a un vampiro. También podéis probar a descuartizarlo, quemar sus restos, echarles agua y esperar a ver qué pasa. No creo que nadie quiera seguir siendo inmortal después de eso.
Miró el fuego, y luego a mí. Me hizo un gesto con la cabeza y, de un salto, entró en la hoguera. Las llamas pronto incendiaron su cuerpo y lo redujeron a cenizas, que yo esparcí con cuidado, tal y como me había dicho.
Pasé meses vagando en busca de un maestro que me enseñase a usar mis dotes de fuego, de mente, y a controlarme al beber sangre. A pesar de todo lo que Marius me había enseñado, no sabía usar muchos de mis poderes, y me temía que mis conocimientos no eran del todo completos. También buscaba compañía. La inmortalidad, como me diría más adelante el célebre Lestat, “no merece la pena si la tienes que vivir solo.”
Capítulo tresAl fin encontré una maestra.
Su nombre es Angélica. Supongo que ya sabéis a quien me refiero, una buscadora de sangre más antigua y poderosa que yo. Tiene cabellos rubios hasta los hombros, es muy alta, sus ojos son de color violeta, y, os lo confieso, el violeta es mi color preferido.
Le conocí en Italia, en una hermosa ciudad conocida como Venecia. Participaba en un baile de máscaras con la esperanza de encontrar algún mortal apetitoso cuando oí una voz inmortal en mi cabeza. Su voz era dulce y melodiosa, y deseé poder acercarme a ella, pero estábamos en la Plaza de San marcos y la multitud de enmascarados nos separaba. Traté de seguirla, pero pronto perdí su rastro. El amanecer se acercaba, y con él el momento de volver a mi hotel.
Durante tres días le busqué sin descanso, pero parecía divertirse jugando al escondite y poniéndome nervioso, hasta que a media noche del tercer día conseguí localizarle en medio del puente Rialto, sobre uno de los canales más anchos y bellos de Venecia.
Apoyada sobre la barandilla me miró, sonrió, y volvió a girarse en dirección a las aguas que había debajo.
-Hola, extranjero. Hermosa noche, n’est ce pas?
-Bonna nuite. Sí, la noche es hermosa sobre Venecia…aunque no tanto como vuestra imagen, por supuesto.
Ella tan sólo sonrió, enseñándome sus colmillos.
-Es usted un mentiroso halagador, cherie.
-Por favor, tráteme de tú. Sospecho que soy el más joven e inexperto, ¿no es así?- respondí, riendo. Su voz era suave y me daba escalofríos.
-Sí, sí, es posible. Dime, ¿y tu creador?
Mi rostro se llenó de tristeza al pensar en Marius.
-Él...se arrojó a las llamas hace casi medio año. Desde entonces busco un nuevo maestro. ¿Y el tuyo?
-Oh, Petronia aún anda por ahí, asustando a jóvenes inocentes.- dijo, su voz llena de burla apenas contenida.- Dime pequeño, cuántos años tienes?
-Hum...veinticuatro. Hace cinco que me convirtieron. ¿Y tú?
-Unos trescientos. Después de el primer siglo pierdes la cuenta.- continuó, bromista.- ¿Te vienes de caza?
Sus ojos brillaron de expectación, y se oscurecieron al pensar en la sangre. Mis propios ojos reflejaron el negro deseo que la consumía.
-Claro.
Cazamos toda la noche, y repetimos la misma rutina durante meses, hasta que los dos nos aburrimos de Venecia. Decidimos viajar juntos a Francia, su país de origen.
Y así fue como encontré a mi nueva maestra.