Capítulo I (1092)Isabel estaba furiosa, y, tenía que reconocerlo, asustada. Todas esas desapariciones... Logroño no era seguro, y ella temía saber quién o qué era el causante de eso.
Y para colmo, Pablo, su novio, se negaba a escuchar ni una palabra al respecto.
-Mira, Isabel, estoy dispuesto a considerar tus cuestionamientos sobre la "situación”, no estamos pasando por un buen momento propiamente dicho. Pero me rehúso rotundamente a escuchar tus alocadas teorías sobre vampiros inmortales. ¿Qué será lo próximo? ¿Vas a decirme que mi vecino es un hombre lobo? ¿La explicación es que mi hermana es una bruja? ¿O mi madre?- dicho esto, se dirigió a la puerta de la bodega donde solían quedar para pasar un rato a solas y se marchó dando un portazo.
La forma de expresarse de Pablo siempre había sido cruda, e Isabel había aprendido a acostumbrarse a ella. Él acostumbraba a decir la verdad, tal y como se le pasaba por la cabeza, en cualquier momento y lugar, sin ni siquiera pensar primero lo que decía. Al principio, Isabel había considerado esa parte de su personalidad encantadora, pero en momentos como éste le daban ganas de agarrarle por el pescuezo y retorcerlo con fuerza.
De todos modos, a Isabel no le gustaba mentir, y menos a sí misma. Tenía que reconocer que la discusión con Pablo le había afectado. Puede que sus teorías no fuesen las más sensatas del mundo, pero tampoco podía esperar que se callase sólo para poder estar con un chico, ¿no?
Ligeramente deprimida dio media vuelta par dirigirse a la salida, se había hecho tarde para estar fuera de casa, y más estando sola.
Pero no había anticipado que Pablo fuese a ponerse tan cabezota. ¡No era justo! Cuando ellos comenzaron a salir él sabía perfectamente cómo era, y sabía que adoraba las historias de vampiros, ¡si cuando se conocieron ella llevaba colmillos de plástico! No tenía ningún derecho a decirle que se callara, a intentar cambiarle. Una oleada de recuerdos le obligó a detenerse en seco. No era el primero en intentar cambiarle, desde luego, pero no por eso dejaba de ser tan...frustrante. Poco a poco la angustia dio paso a una rabia sorda que bullía en su interior. Alimentada por las fuerzas que le daba la ira abrió la puerta de una patada, causando que ésta chocase contra las paredes del edificio y creando una fuerte corriente entre la bodega, donde estaba ella, y el exterior, donde apareció de pronto la cara de su amiga Ana. Pero no estaba sola...
En ese momento Lestat se giró hacia Ana y le incitó:
-Adelante, sacia tu sed.
Ana se lanzó sobre Isabel, pero antes de que lograse atraparla Isabel le preguntó, con voz temblorosa:
-¿Porqué, Ana? ¿Vas a matarme? ¿Así de fácil? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntas...un mordisco y se ha acabado, para siempre?- a Isabel le había bastado un vistazo para darse cuenta de que Ana ya no era...humana. Y gracias a su irrefrenable imaginación, por una vez, sabía que hacer. Uno: jugar la carta de la culpabilidad. Dos: correr como una loca y rezar por que se hiciese de día. Puede que fuese un plan poco elaborado, pero...tendría que valer.
A Ana le vinieron a la cabeza todos los buenos momentos compartidos con Isabel, y vaciló a medio camino, los ojos vidriosos y su cabeza una mezcla confusa de pensamientos desconectados.
Isabel corría todo lo rápido que podía, pero sabía que cualquier persona normal no tardaría ni unos minutos en alcanzarla, y menos un vampiro...Madre mía, aún no se lo podía creer. ¡Ana y Lestat! Era increíble. Detrás suyo, los vampiros sonreían. El breve lapsus había pasado, y Ana volvía a sentir la sed rugiendo en su interior...
Aún así era difícil aceptar una prueba tan real de que sus queridas historias eran ciertas. Las ideas le habían mantenido despierta tantas noches que... Pero al pensar en esas cosas no dejaba de correr, y como era de suponer de repente se encontró en un lugar completamente distinto, no sabía como había llegado allí, pero ella lo conocía bien, estaba en la puerta del ático, su habitación preferida; era allí donde había pasado tantas horas leyendo, acurrucada en el sillón. La habitación estaba llena de libros, colocados en las estanterías, en pequeñas montañas sobre el suelo, apilados sobre la mesa...en la habitación reinaba un completo desorden. Acorralada, Isabel miró a su alrededor... ¿Cómo diablos había llegado ahí? Había atravesado la mitad de su casa sin darse cuenta, pero en cualquier caso, Ana y Lestat estaban ahí, con ella, mirándola con gesto divertido.
Lestat comenzó a pasearse por la habitación, mirando los libros de las estanterías, hasta que descubrió junto al sillón un libro de sus Crónicas Vampíricas, su propia y vanidosa biografía. El ejemplar estaba algo desgastado por el uso, y junto a él se encontraban otros libros de la colección.
-Vaya, veo que te gustan mis libros-comentó-¿A ver si adivino...“El Santuario”?-preguntó, refiriéndose a uno de los libros.
-Casi...-respondió, desafiante, Isabel- El ladrón de Cuerpos.- puede que estuviese a punto de morir, pero pensar que escogería el santuario antes que El ladrón de Cuerpos o Memnoch El Diablo...por favor, algo así sacaría su habitual personalidad condescendiente en cualquier momento.
-Maldita sea, ¿no sabéis hablar de otra cosa que no sean libros?- les interrumpió Ana, impaciente.
Sin embargo, vampiresa o no, Isabel no iba a permitir que le hablasen así.
-¿Y de qué quieres que hablemos?... ¿de música? ¿Del último modelo de mp3?-replicó con tono despectivo. Siempre la misma discusión.-Que tú solo hayas leído Harry Potter no significa que los demás libros sean tan malos-continuó. Estaba hasta las narices de que Ana se pasase la vida despreciando los libros y alabando la "Todopoderosa Música"
-¿Qué tal si hablamos de....sangre?-preguntó Ana, a modo de respuesta, fijando su vista en el cuello de su amiga con mirada hambrienta.
“Tal vez debería haberme callado” pensó Isabel “esta bocaza siempre me mete en líos....”
Isabel miró preocupada a Ana, que tenía el rostro desfigurado por la sed. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y las venas destacaban sobre la piel. Sabía que esta vez sus técnicas de distracción no servirían de nada. Ana se acercaba más y más, los colmillos sobresaliendo contra el labio inferior en una mueca feroz.
Pero justo cuando Ana se acercaba a Isabel, el novio de ésta, Pablo, entró en la casa, llamándole a voz en grito.
-Oh, vamos, Isabel, eso de que las historias de vampiros son una soberana estupidez no lo dije para fastidiarte. ¿Dónde te has metido?