Ha llegado el día.
Acurrucado en la cama me encuentra la mañana en este día tan especial. Me levanto, y los sueños de la noche pasada se desvanecen en la suave bruma del amanecer. Me visto, con la sensación extraña de que es un día distinto, de que algo va a interrumpir (¡al fin!) la eterna monotonía de mi vida. La casa está en calma cuando me deslizo por el pasillo, todos duermen. Me arreglo rápidamente para ir al colegio, como tantas otras mañanas, apenas medio despierta. La noche aún sueña cuando salgo a la calle vacía, donde me saludan nubes de tormenta, ocultando la luna. Paso a paso me acerco a mi tortura diaria, perpetua rutina. Todo sigue igual que siempre, las mismas caras, los mismos nombres, las mismas bromas absurdas. Todo sigue igual. La mañana pasa sin apenas sentirse, las horas vuelan en mi mente, tratando raudas de escapar de esa tortura análoga a la de cada eternidad. Sombras de demonios y muerte bordean mi mente, como siempre, tratando de entrar. Me divierto jugando con ellas, para variar, tomándolas con los imaginarios lazos de mis sensaciones. Nada más.
El día pasa, y con la vuelta de la noche, yo vuelvo a casa. Aún no ha pasado nada distinto, intrigado, me pregunto qué será. Me obsesiono con esa pregunta, caminando hasta el portal. Las dudas se enroscan en torno a mí como serpientes venenosas...¿qué será? Y ya en el ascensor entreveo la respuesta final, con certera agonía. Es tan sencillo...hoy es el día de mi muerte. Venciendo al olvido, me dirijo a la cocina, y tomo el cuchillo. Siempre había imaginado morir con la sangre cayendo en torno a mí, en una cascada de vida, rodeándome en un bello charco carmesí; ahora podría. Tomé el arma, acariciando el sutil filo, y lo acerqué a mi cuello. Sabía que las muñecas no eran una buena opción, tardaban demasiado, dolía. Yo no quería sufrir. Frente al espejo, lo preparé todo, y con el cuchillo en la mano seguí el trazo de mi garganta con pulso firme, dibujando primero suavemente la herida, para después clavar más profundamente el filo en la carne. Pronto la sangre empezó a manar, roja y brillante, oscura allí donde más fluía. Espesa, se deslizaba por mi cuello y salpicaba el suelo, formando caprichosos dibujos al caer. Riachuelos de sangre resbalaban por mis brazos, serpenteando hasta mis dedos, cayendo en bella estampa desde mis yemas...Suelto el cuchillo, fascinado, ignorando el dolor. Me llevo la mano a los labios, saboreando la sangre, mi vida. En el espejo se refleja el rojo éxtasis brotando de mí. Era tan bello...por eso lo lamenté tanto cuando todo se volvió negro y caí al suelo. Quería ver la sangre caer de nuevo.